Por Ciudadano.News
13 Agosto de 2019 - 15:14
Existen grandes amores: el amor de una madre por un hijo, el de Cleopatra por Marco Antonio, el de un gordo por un buen asado… Amores que matan, otros que alegran, otros que duran poco o una eternidad.
Jacinto estaba de vuelta. Asumía que iba a ser su último partido y aunque el “¿qué irá a pasar después?” le quemaba la cabeza, intentaba centrarse en lo que iba a pasar en un rato.
En el club todo estaba preparado para el homenaje: banda del pueblo lista para tocar, una plaqueta de bronce con la inscripción: “Jacinto Heredia, goleador de goleadores, 1990-2015”; las tribunas colmadas de hinchas prestos a despedir al ídolo y de contrarios que como invitados de lujo esperaban poder hacer sentir su cariño al contrincante respetuoso que les había hecho varios goles, pero que nunca había “sobrado” en la victoria.
Y por eso todos lo querían a Jacinto: porque era, en definitiva, un buen tipo. En su carrera solo una amarilla y por llegar tarde a un despeje; nunca había simulado una falta y no se quejaba cuando no le cobraban algo; muchas veces él solito le avisaba al árbitro que había hecho un foul para que el partido fuera lo más honesto posible. Obviamente, las discusiones con sus compañeros no faltaban, pero al final, cuando pasaba la calentura, Jacinto era perdonado y a otra cosa mariposa.
Mientras esperaban la salida de los equipos a la cancha, los parroquianos recordaban las anécdotas que todos, considerando que este era un pueblo chico y la cancha era el único entretenimiento del fin de semana, habían visto en cada uno de los partidos de la Liga Pueyrredonense de Fútbol.
Siendo honestos, la liga tampoco era tan emocionante. Constaba de cinco equipos que jugaban un torneo anual donde se enfrentaban cinco veces entre ellos, dos veces en cada cancha y la última localía sorteada. Jacinto jugaba en Deportivo Pueyrredón, segundo club más antiguo del pueblo que nació luego de una pelea entre Rogelio Murúa y Benancio Ordoñez, presidente y vice del Atlético Doma y Bocha.
Entre nosotros, la “pelea” no fue una simple discusión y casi terminan acuchillándose una noche luego de que Benancio le cantara truco a un cuatro en tercera. Juventud Campestre, Racing Club de Pueyrredón y 9 de Julio eran los otros tres equipos que completaban la liga. Lo bueno era que como el pueblo era chico, las canchas quedaban cerca y en realidad la mitad de los jugadores eran parientes y amigos, sin importar la camiseta.
No vamos a perder el tiempo en esta historia contando cuántos títulos ganó cada equipo, pero sí que Jacinto era el motivo de la diferencia obtenida por el Depo en los últimos 25 años. Goleador en 13 torneos, estuvo a punto de irse a uno de esos equipos de Buenos Aires, pero no quiso, su corazón era demasiado tranquilo para la gran ciudad y sus deseos materiales se limitaban a un techo, un buen caballo, comida y unos pesos para poder jugar al truco los viernes, a las bochas el sábado y tomar una grapita el lunes, porque desde el martes se mantenía abstemio en función del partido. Algunos decían que ni novia tenía porque le hubiese quitado energía para jugar. Otros que su única novia era la camiseta del club.
Llegó la hora de empezar el partido y como homenaje los equipos lo dejaron salir solo a la cancha. La ovación fue inexplicable. Los aplausos que se escucharon fueron el sonido con más decibeles que se produjo en la historia del pueblo y alguna que otra señora mayor pensó que era el retorno de los malones. No le dieron tiempo a Jacinto de terminar de salir del túnel que ya lo estaban esperando los presidentes de los cinco clubes, el de la Liga, el intendente, el cura párroco y hasta el médico del pueblo (que en realidad estaba ahí por si se lesionaba alguno pero como era persona ilustre le pidieron que se parara con ellos). Le entregaron la plaqueta de bronce, se sacaron unas cuantas fotos y lo dejaron ahí, parado en el medio de la cancha, recibiendo el afecto de seguidores y detractores que le reconocían su carrera. Muy pocos notaron que Jacinto estaba cabizbajo.
A continuación la banda del pueblo entonó el himno del club y un par de canción que los hinchas le habían dedicado en su carrera para que las cantaran. Soltaron globos, palomas, salió el resto de los jugadores y lo fueron saludando de a uno, compañeros y contrarios, hasta que llegó el turno del trio arbitral y, ya todos saludados, se acomodaron en sus posiciones para arrancar.
Jacinto se paró donde siempre. No le gustaba estar en el saque del medio, sino salir corriendo al área contraria, como quien va a su amante. Y allí estaba cuando la encontró.
A él la verdad que no le importaba el Depo, ni la hinchada, ni las autoridades, ni los papelitos, ni siquiera los goles, los títulos, los pocos pesos que en realidad cobraba, ni el trabajo que le habían prometido para mañana. Jacinto solo amaba a la pelota y ese día harían el amor por última vez.
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