Por Fernando Montaña
5 Mayo de 2020 - 18:45
Se entregó al reposo como rara vez lo había hecho en la cancha y en la vida. Ese fatigado corazón que tantas veces latió con la de piqué azul encima, esta vez se tomó un descanso. Fue el domingo 16 de abril de 2006.
Dicen que era un gringo en el sentido más cabal. Visceral y testarudo hasta las últimas consecuencias, capaz de trabar pelotas de las llamadas imposibles al mismísimo Diablo. Que se agrandaba con el aliento de sus pares de tribunas y mucho más con las puteadas ajenas para llegar hasta el área rival y castigar con centros destinados a delanteros llamados Palavecino, Secundino Benítez o Eusebio Ibáñez.
Quien escribe esto guarda imágenes difusas de aquellos ricos tiempos futbolísticos que fueron los setenta. Pero tiene grabada a fuego aquellas apiladas de ese diabólico ensortijado, que parecía tener tres pulmones. Hugo Cirilo Mémoli fue azul desde pendejito. Quedó prendado por ser de un barrio leproso y al calor de su barra de amigos que también era azul.
“Nosotros jugábamos a la pelota en la Arístides Villanueva y el Gringo, que era el más chiquito nos iba a buscar la pelota cuando se nos iba lejos”, contó alguna vez el Pocho Sosa, uno de sus amigos de siempre.
El tiempo de jugador arrancó en las inferiores de Independiente, claro que su debut en Primera División fue en Deportivo Guaymallén. “Lo mandaron a préstamo allá para que se fogueara. Volvió hecho al club y desde allí jugó hasta el 82”, cuenta Antonio Segundo Vergara, su amigo y compañeros desde la infancia.
“Una vez jugábamos contra Gimnasia. Él tenía muy en claro que lo iban a insultar y preparó una trampita para que dejaran de hostigarlo. Apenas entramos a la cancha empezaron a gritarle: “Burro, burro”. Entonces se levantó la camiseta azul y mostró que debajo tenía la de Gimnasia. Ahí empezaron a cantarle : “Mé-mo-li”. Era fanático de Independiente, pero ese día él les jugó una bromita.
El Gringo vivió sus años más felices como futbolista junto a la Lepra. Se bancaba a gusto que lo tomaran como referencia por aquellos que lo amaban y los que lo odiaban. Sin embargo, esa fama de villano dentro de la cancha no condescendía con su forma de ser afuera de ella.
Pero en el campo de juego hacía de las suyas. Como una vez contra Andes Talleres en un partido crucial de campeonato que a la Lepra le echaron a su arquero. Sin cambios posibles, Mémoli se puso el buzo con el uno en la espalda. Como en los cuentos de hadas ese “Había una vez", no podía terminar mejor. El Gringo le puso el pecho y las manos a la situación y se atajó un penal. https://www.ciudadanodiario.com.ar/el-tapon/videos-maravilla-martinez-lanzo-un-curso-de-boxeo-online
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